Cada 10 de agosto, Chile celebra el Día Nacional del Enólogo. La fecha recuerda la titulación de Ruy Barbosa Popolizio, un hombre que ayudó a profesionalizar la enología chilena y a preparar el camino para algo que entonces pocos conocían: la enodiplomacia.
El 10 de agosto de 1943, Ruy Barbosa Popolizio recibió su título de ingeniero agrónomo en la Universidad de Chile. En 2021, la Asociación Nacional de Ingenieros Agrónomos Enólogos escogió esa fecha para recordar su trayectoria y reconocer el trabajo de quienes ejercen la enología en el país.
Pero ¿por qué celebrar la titulación de una sola persona?
Porque Barbosa no se limitó a hacer vino. Ayudó a convertir la enología en una profesión organizada, vinculada con la ciencia, la investigación y el desarrollo del país. También contribuyó a que el vino chileno pudiera transformarse en una carta de presentación ante el mundo.
Cuando ser enólogo todavía no era tan evidente
Ruy Barbosa nació en Santiago en 1919. Después de estudiar Ingeniería Agronómica, viajó a Italia y se especializó en enología en la Universidad de Turín. Al regresar a Chile se dedicó a la docencia y llegó a ser profesor titular de Enología y Vinificación.
Su trayectoria continuó bastante más allá de la bodega. Fue decano y rector de la Universidad de Chile, ministro de Agricultura y participó en la creación de instituciones importantes para el desarrollo agrícola, como el Instituto de Investigaciones Agropecuarias, INIA. También representó a Chile en encuentros internacionales relacionados con la vid y el vino.
En esos años, Chile tenía una larga tradición vitivinícola, pero la enología todavía estaba consolidándose como especialidad profesional. Buena parte del conocimiento se transmitía mediante la práctica y la experiencia, mientras faltaban espacios de formación, investigación e intercambio entre especialistas.
Barbosa comprendió que mejorar el vino chileno no dependía únicamente de lo que sucedía dentro de una cuba. También era necesario formar profesionales, generar conocimiento y crear organizaciones que permitieran compartirlo.
Por eso, en 1954, participó en la fundación de la Asociación Nacional de Ingenieros Agrónomos Enólogos de Chile y se convirtió en su primer presidente.
Antes de proyectar el vino chileno hacia el mundo, había que fortalecer a quienes lo elaboraban.
El paso que abrió otra historia
La profesionalización de la enología permitió mejorar la calidad de los vinos y comprender mejor las variedades, los procesos y los territorios. Pero también produjo otro efecto: Chile comenzó a presentarse como un país capaz de respaldar su producción con conocimiento técnico, investigación e instituciones.
Ese paso fue importante para una disciplina que pocos conocían y que hoy llamamos enodiplomacia.
El término puede parecer reciente, pero la práctica lleva décadas entre nosotros. La enodiplomacia consiste en utilizar el vino como una herramienta para representar a un país, difundir su cultura, fortalecer su imagen y generar relaciones comerciales y turísticas.
Una botella que llega a una feria internacional o a una recepción diplomática no presenta solamente una marca. También habla de un territorio, una agricultura, una historia productiva y una manera de trabajar.
Las investigaciones sobre esta materia muestran que el posicionamiento internacional del vino chileno no fue obra exclusiva de las viñas. También participaron el Estado, las universidades, los organismos técnicos y las asociaciones profesionales.
Barbosa se movió precisamente entre esos espacios: fue enólogo, académico, dirigente gremial y autoridad pública. En 1974, por ejemplo, presidió la delegación chilena que participó en el Congreso Mundial de la Vid y el Vino en Trento, Italia.
Probablemente no hablaba de enodiplomacia. El concepto ni siquiera formaba parte del lenguaje habitual. Sin embargo, fortalecía la profesión dentro de Chile mientras incorporaba al país en las conversaciones internacionales sobre vino.
Antes de exportar botellas, había que construir confianza
Chile todavía no era la potencia exportadora que conocemos hoy. A comienzos de los años ochenta, las exportaciones de vino rondaban el millón de dólares. Cuatro décadas después se acercaban a los dos mil millones.
Ese crecimiento necesitó inversión, tecnología y acuerdos comerciales. También necesitó profesionales capaces de elaborar vinos que respondieran a estándares internacionales y expresaran su lugar de origen.
Un tratado puede abrir un mercado y una campaña puede llamar la atención. Pero, al final, el vino debe sostener aquello que se ha dicho sobre él.
Ahí aparece el trabajo del enólogo.
Entre la uva que entra a la bodega y el vino terminado existe una larga secuencia de observaciones y decisiones. El enólogo debe comprender la fruta, interpretar cada cosecha y encontrar la manera de expresar un territorio.
Cuando ese vino viaja, lleva consigo el resultado de todo ese trabajo. Se convierte en una representación concreta de Chile ante personas que quizá nunca han visitado sus valles.
Por qué recordamos a Ruy Barbosa
Ruy Barbosa murió en 2014, cuando Chile ya ocupaba un lugar reconocido en la industria mundial del vino.
Su legado permanece en las instituciones que ayudó a construir, en la formación de nuevos profesionales y en una idea que hoy parece evidente, pero que entonces todavía debía defenderse: para producir mejores vinos se necesitaban conocimiento, investigación y una profesión organizada.
Por eso, el 10 de agosto no recuerda solamente la fecha en que un hombre recibió su título. También marca el comienzo de una trayectoria que ayudó a mejorar lo que ocurría dentro de las bodegas y preparó al país para presentarse ante el mundo.
Mucho antes de que comenzáramos a hablar de enodiplomacia, Ruy Barbosa ya estaba ayudando a practicarla.



