Si hay algo que le gusta hacer a Luiz Allegretti, propietario y hacedor de vinos de vinos en Clos Santa Ana, es recibir amigos en casa. Y si te gusta el vino tanto como a él, aquí ya eres uno más.
Lejos del circuito habitual para recorrer y conocer viñas en Colchagua, se encuentra el sector de Santa Ana, a mitad de camino hacia la costa. Por eso, desde la torre de la casona que identifica a Clos Santa Ana, se ve la cordillera, el campo abierto y, en los días despejados, la bruma anuncia el mar hacia Pichilemu. Luiz Allegretti lo dice sin rodeos: ama Colchagua, donde encontró calidad de vida, espacio, silencio y un proyecto que le hace sentido.
Llegó en 2003 junto a su amigo de toda la vida y su socio, Roberto Ibarra —diplomático de carrera— buscando un lugar en el mundo donde hacer vino. Habían leído un reportaje sobre el valle. En la visita les mostraron una antigua hacienda jesuita en ruinas y no pudieron decir que no. El lugar había estado abandonado durante décadas.
Filosofía de menor intervención

Mientras remodelaron la casona, dejaron el campo que antes producía arroz, siete años sin intervenir. En 2010 plantaron la viña y comenzaron a elaborar vino bajo la filosofía de menor intervención en viñedo y bodega, primero comprando uva a vecinos para entender el territorio. Llamaron a este lugar único en el mundo Clos Santa Ana.
Clos Santa Ana no es solo vino, aunque se respira por todos lados. Cada espacio de la casona restaurada es un viaje. Hay piezas de arte que van desde la Edad de Piedra hasta Le Corbusier, alfombras antiguas y arte oriental. El vino está presentado aquí como parte de un marco cultural más amplio: arte, historia y gastronomía dialogan en una misma unidad.
Arte, mesa y hospitalidad selectiva en Clos Santa Ana
Luiz es el cocinero y quien hace el vino. La mesa siempre tiene algo de cocina italiana —herencia de su familia toscana— y buen aceite de oliva. Ese cruce entre tradición italiana y paisaje chileno le da a Clos Santa Ana un carácter singular que a veces te hace preguntar dónde realmente estás.
No es hotel ni busca serlo. Puede recibir hasta 20 huéspedes, pero no llegan desconocidos: se accede por recomendación o contacto directo, generalmente a través de Instagram. La mayoría son personas vinculadas al vino. También, aunque cada vez menos, reciben jóvenes que quieren aprender y trabajar en bodega; el intercambio definitivamente es parte del espíritu del lugar.
Aquí el vino convive con el arte, la conversación larga y la vista abierta al valle. Un proyecto pequeño en volumen de producción, pero amplio en ambición cultural y humana. Un lugar en Colchagua al que si respiras arte y buen vivir tienes que ir.
Los encuentras en @clossantaana


