Se demoraron años en ponerse de acuerdo, consiguieron permiso del rey, cambiaron de organizador y casi naufragaron. Terminaron caminando descalzos entre viñedos, llevando reliquias bastante particulares y metidos en el escándalo de una casa embrujada. Y todo eso sin WhatsApp.
Una crónica sobre los posibles primeros «enoturistas» de Chile: unos viajeros que caminaron entre viñedos sin imaginar que, cuatro siglos después, alguien les daría ese título, con más evidencia que dudas. Una historia de vinos, decisiones cuestionables y un itinerario que se salió completamente de control.
El viaje que nadie conseguía organizar
Se dice que toda gran aventura comienza con las ganas de partir. Pero permítanme discrepar. Algunas comienzan con una carta sin respuesta, un permiso pendiente y un presupuesto que nadie quiere resolver.
Si creen que organizar vacaciones con amigos es difícil, esperen a conocer a los jesuitas que llegaron a Coquimbo en 1593.
Esta historia comienza unos veinticinco años antes (1568), cuando la Compañía de Jesús, establecida en Perú, empezó a considerar la posibilidad de enviar una misión a Chile. La idea parecía razonable, pero requería autorizaciones que dependían de autoridades repartidas entre Roma, España y América. Una organización internacional que funcionaba por correspondencia y donde cada decisión podía tardar meses en resolverse.
Finalmente, casi 10 años después, en 1577, Felipe II autorizó el establecimiento de los jesuitas en Chile.
Con el permiso del rey, cualquiera habría pensado que la expedición estaba lista para partir. Sin embargo, tuvieron que transcurrir otros dieciséis años antes de que llegara la primera misión.
El historiador Rafael Gaune reunió y estudió este proceso a partir de cartas y documentos de la época. Su investigación muestra cómo las prioridades de la Compañía, las necesidades de las misiones existentes y las decisiones de la Corona fueron postergando el viaje. ¿A quién no lo ha pasado?
Cuesta no imaginar el grupo de WhatsApp que habrían tenido aquellos religiosos.

Luis de Valdivia: «¿Entonces vamos a Chile?»
Gabriel de Vega: «Yo puedo, pero tengo que confirmar con Roma».
Hernando de Aguilera: «El rey ya dio permiso».
Luis de Estrella: «Sí, pero desde Lima dicen que primero hay que resolver otras cosas».
Fabián Martínez: «¿Y el presupuesto?»
Miguel Teleña: «Esperemos que responda el superior».
Luis de Valdivia: «¿Alguien sabe si Baltasar está en este grupo?»
La conversación es inventada, por supuesto. Las dificultades para organizarse, no.
Y cualquiera que haya intentado viajar con amigos reconocerá el problema. Todos quieren ir, pero alguien tiene que elegir las fechas, comparar alternativas y conseguir que los demás respondan antes de que cambien los precios.
En los viajes enoturísticos la discusión suele comenzar con una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué queremos hacer?
Compartir destino no significa compartir expectativas.
Y mientras antes se descubran esas diferencias, menos posibilidades habrá de discutirlas cuando ya estén todos dentro del automóvil.
Volvamos a nuestros jesuitas, que todavía tenían bastante por resolver.
En 1590, Felipe II volvió a intervenir para facilitar recursos destinados al vestuario, las provisiones y los gastos de navegación. Porque una cosa era autorizar la expedición y otra financiarla.
Hasta el rey tuvo que preocuparse del presupuesto.

Imaginen la felicidad de los responsables al conseguir finalmente los recursos, solo para descubrir que todavía debían definir quiénes viajarían y cómo llegarían a Chile.
La dirección terminó en manos de Baltasar de Piñas, un religioso experimentado que reemplazó a otros candidatos considerados para la misión. Manuel Concha, en su libro Tradiciones serenenses, publicado en 1883, lo describe como un anciano de setenta años, aunque esa edad no ha sido corroborada independientemente.
La expedición finalmente recibió sus documentos de obediencia en enero de 1593. Los jesuitas ya tenían permiso, financiamiento y un responsable.
El barco, la tormenta y una mandíbula que terminó en el mar
En febrero de 1593, después de tantos preparativos, el viaje finalmente había comenzado.
Solo faltaba llegar.
Las embarcaciones dependían de los vientos, del estado del mar y de las provisiones disponibles. No existían pronósticos meteorológicos en tiempo real ni comunicaciones que permitieran informar retrasos. Si algo salía mal, había que resolverlo con los recursos que se tenían a bordo.
Como dice una de las Leyes de Murphy: si algo puede salir mal, saldrá mal. Y algo salió muy mal.
Según las crónicas religiosas, una fuerte tormenta puso en peligro la embarcación. Los jesuitas llevaban una reliquia atribuida al apóstol San Matías, nada menos que una mandíbula con una sola muela, que, según Manuel Concha, habrían arrojado al mar para calmar las aguas, mientras prometían a Dios caminar descalzos hasta un templo si lograban sobrevivir.
Al parecer, ante el riesgo de naufragio, había que agotar todas las alternativas, incluso las que implicaban perder parte del equipaje sagrado.
La tormenta pasó, aunque las dificultades continuaron. Los víveres comenzaron a escasear y la embarcación terminó desembarcando en Coquimbo durante marzo de 1593.
La fecha exacta sigue siendo materia de contraste, pero el hecho central está documentado: los jesuitas llegaron a Coquimbo y continuaron su viaje por tierra.
El Invitado de Piedra en cada viaje
Y aquí aparece uno de esos problemas que cualquier viajero actual reconoce.
Puedes organizar el transporte, calcular los tiempos y reservar las actividades, pero basta una tormenta para que todo el itinerario cambie.
Afortunadamente, hoy podemos consultar pronósticos y conocer alternativas antes de salir. Aunque eso no significa que debamos confiar ciegamente en cada estimación del mapa.
En los valles de Chile, dos viñas pueden parecer cercanas y requerir bastante más tiempo de traslado del previsto. Y si una visita comienza a determinada hora, el guía difícilmente reorganizará toda la experiencia porque alguien calculó mal el camino.
Planificar una ruta exige considerar distancias, tiempos reales, duración de las visitas y posibles imprevistos.
Además, si el recorrido incluye degustaciones, conviene resolver de antemano quién conducirá o cómo se trasladará el grupo sin manejar después de beber.
Nuestros viajeros no podían controlar el clima. Nosotros tampoco, pero al menos podemos evitar varios problemas antes de partir.
Sobrevivieron. Ahora tenían que caminar descalzos.
Después de desembarcar en Coquimbo, los jesuitas debían continuar hacia La Serena y posteriormente Santiago.
Según Concha, los habitantes de la ciudad organizaron una recepción para los recién llegados. La Serena era entonces un pequeño asentamiento colonial donde la llegada de una embarcación era un acontecimiento importante.
Los viajeros recibieron ayuda para llegar a la ciudad, pero tenían una promesa pendiente. Habían ofrecido caminar descalzos si sobrevivían a la tormenta y, según la tradición, la cumplieron.
Imaginen la escena: varias semanas navegando, una tormenta, alimentos escasos y, cuando por fin llegan a tierra, les toca caminar “a pata pelá”.
A estas alturas, en la actualidad, cualquiera habría llamado al SERNAC y exigir devolución y compensación.
Los Viñedos y el paisaje
Pero mientras avanzaban hacia La Serena, ocurrió algo que nos interesa especialmente.
El camino atravesaba un paisaje de viñedos y olivares.
Así lo describe Manuel Concha en la página 64 de Tradiciones serenenses más de un siglo después, el historiador Pablo Lacoste señalaría que aquellos viajeros se habrían asombrado ante la producción agrícola que encontraron.
Conviene aclarar algo: Concha describe las plantaciones y Lacoste menciona el asombro. Pero no hemos encontrado una carta de los propios jesuitas que confirme como objetivo visitar los viñedos o si se acercaron a conocer alguna viña. Pero… eran religiosos! El vino es parte fundamental de la Iglesia por lo que no es descabellado pensar que se detuvieron cada oportunidad que tuvieron para admirar el paisaje y probar los vinos. El paisaje (es) era maravilloso y los vinos deliciosos.
Cuando llegaron los jesuitas, la viticultura llevaba décadas desarrollándose en distintos territorios. Y aquellos viñedos eran mucho más que un paisaje bonito. Eran propiedades agrícolas donde trabajaban personas cuidaban las vides, regaban las tierras y realizaban las cosechas.
Y La Serena tenía un propietario que estaba dando bastante que hablar.
Un hombre con una valiosa viña, una casa importante y un problema que ningún corredor de propiedades habría querido explicar a sus futuros huéspedes.
Decía que su casa estaba llena de demonios… y no es quien tú piensas.
El propietario de viñas que necesitaba un exorcismo
Manuel Concha presenta a Bartolo de Zabala como un vecino acomodado de La Serena, propietario de una viña situada junto al río. Afirma incluso que aquella propiedad había pertenecido anteriormente a Francisco de Aguirre, refundador de la ciudad. Pero como todo en la historia, no hay tantos registros como para confirmar al 100% aquello.
En fin, Bartolo tenía esposa, un hijo, una casa importante y varias personas esclavizadas. También, según el cronista, tenía un carácter bastante desagradable: aváro, profundamente religioso y cruel con quienes estaban bajo su autoridad.
Pero aquí la historia toma un giro inesperado. Según el relato, las personas esclavizadas organizaron una venganza utilizando los temores religiosos de Bartolo.
Una noche, mientras la familia rezaba el rosario, las puertas comenzaron a estremecerse. Creyeron que era un terremoto, salieron al huerto y encontraron a las personas esclavizadas aparentemente descansando bajo unos manzanos.
Como no ocurría ningún desastre, regresaron a la casa. Y los ruidos comenzaron otra vez. Golpes, carcajadas, apariciones y animales aterrorizados. La familia llegó a convencerse de que fuerzas sobrenaturales habitaban la vivienda.
El asunto se convirtió en conversación pública. Porque si hay algo que las ciudades pequeñas han demostrado dominar a través de los siglos, es la velocidad con que circulan los rumores. Y pronto toda La Serena parecía enterada de que Bartolo tenía demonios.
Bartolo supo que los jesuitas se encontraban en La Serena y solicitó su ayuda. Los religiosos aceptaron visitar la casa pero inicialmente no encontraron nada extraordinario, aunque después habrían afirmado haber sufrido molestias de los supuestos demonios durante dos días.
Comenzaron entonces ceremonias y exorcismos, acompañados de reliquias religiosas.
Y si pensaban que la mandíbula de San Matías era lo más curioso del equipaje, todavía faltaba conocer otro objeto.
Los jesuitas llevaban, según el cronista, una cabeza atribuida a una de las legendarias once mil vírgenes identificada con el número 2528. Sí, una reliquia numerada que fue llevada solemnemente hasta la vivienda de Bartolo durante las ceremonias destinadas a expulsar a los demonios.
Las apariciones desaparecieron y Bartolo, todavía aterrorizado, nunca quiso volver a vivir en aquella casa. Concha asegura que posteriormente donó el terreno a los dominicos para construir una iglesia, en el sector que identificaba con la plazuela de Santo Domingo.
El viaje continuó. Porque todavía faltaba Santiago.
Después de su paso por La Serena, los jesuitas continuaron hacia Santiago, donde llegaron en abril de 1593.
Su expedición daría inicio a una nueva etapa de la presencia de la Compañía de Jesús en Chile, que con el tiempo desarrollaría actividades religiosas, educativas y agrícolas.
Pero imaginemos por un momento a aquellos viajeros recordando lo que habían vivido.
Después de años organizando la expedición, habían conseguido permisos, financiamiento y una embarcación. Sufrieron una tormenta, desembarcaron en un puerto distinto del previsto, caminaron descalzos y atravesaron un paisaje de viñedos. Según las tradiciones posteriores, además terminaron involucrados en un caso de supuestos demonios.
No sabemos cómo recordaron ellos aquella aventura. Lo que tenemos son documentos de la misión y crónicas escritas posteriormente.
Pero su historia permite reconocer algo sorprendente.
¿Y entonces fueron ellos los primeros enoturistas de Chile?
Sería entretenido decir que sí y tener pruebas suficientes para probarlo.
Tenemos viajeros llegados desde Perú, una recepción en La Serena, un recorrido entre viñedos y hasta una historia relacionada con un propietario vitivinícola.
Material para una buena crónica, desde luego.
Pero no existe evidencia de que los jesuitas viajaran para conocer viñas, degustar vinos o disfrutar de una experiencia turística. Su misión era religiosa y formaba parte del contexto colonial de la época.
Tampoco sabemos quién fue la primera persona que visitó una viña chilena simplemente por curiosidad.
Puede que aquel viajero haya dejado alguna carta esperando ser descubierta en un archivo. O quizás nadie consideró necesario registrar una experiencia que, para sus contemporáneos, parecía completamente cotidiana.
Lo que sí sabemos es que el vino ya formaba parte del paisaje chileno mucho antes de que existieran las rutas turísticas.
Los medios para viajar han cambiado muchísimo. Los problemas de organización, bastante menos.
Hoy podemos investigar destinos, comparar alojamientos y reservar experiencias desde un teléfono. Conocemos los caminos, los tiempos estimados de traslado y las condiciones de las actividades antes de salir.
Aun así, seguimos teniendo dificultades para elegir fechas, acordar presupuestos y decidir qué queremos hacer.
Y en el enoturismo esas decisiones importan.
Una ruta puede incluir viñas, gastronomía, patrimonio y paisajes, pero no todas las experiencias funcionan de la misma manera ni se ajustan a todos los viajeros.
Porque investigar un destino no consiste únicamente en encontrar un lugar bonito. También significa comprender qué ofrece, cómo se llega, cuánto tiempo merece y qué historias lo hacen especial.
No se trata de conocer todas las viñas, sino de descubrir aquellas que realmente quieres visitar y entender por qué.
Nuestros jesuitas necesitaron años de autorizaciones y varias semanas de navegación para llegar a Chile. Nosotros contamos con herramientas mucho mejores para planificar. Ya no necesitamos que Felipe II apruebe nuestras vacaciones ni parece recomendable arrojar reliquias al mar cuando cambia el clima (aunque podrías).
Aunque seguimos sin resolver el mayor desafío de cualquier viaje en grupo: conseguir que todos se pongan de acuerdo.
Porque viajar bien informado no significa eliminar las sorpresas sino estar preparado para disfrutarlas.
Y, ojalá, regresar con historias que valga la pena contar.
Sin demonios ojalá.
Aunque después de conocer a Bartolo de Zabala, tampoco podemos garantizarlo
Fuentes y notas históricas
Esta crónica combina investigación histórica, tradición literaria y humor contemporáneo. Los diálogos imaginarios y las comparaciones con los viajes actuales son recursos editoriales, no testimonios del siglo XVI.
- Manuel Concha (1883), Tradiciones serenenses. Páginas 62 a 72. Fuente de la caminata descalza, los viñedos del camino, las reliquias y la historia de Bartolo de Zabala. La obra recoge acontecimientos históricos y tradiciones locales que no siempre pueden verificarse independientemente. Universidad de Chile.
- Rafael Gaune Corradi (2011), Organizando el otro deseo de las Indias. Investigación sobre la organización de la misión, sus permisos y los cambios de responsables. Consultar estudio.
- Víctor Rondón (1997), Música jesuita en Chile en los siglos XVII y XVIII: primera aproximación. Aporta antecedentes para contrastar la nómina de religiosos y la cronología del viaje. Revista Musical Chilena.
- Pablo Lacoste (2004), La vid y el vino en América del Sur. Contexto de la viticultura colonial y referencia a la impresión de los jesuitas ante los olivares y viñedos de La Serena. Revista Universum.
Las fechas exactas del desembarco, el número de religiosos que compartieron la travesía y algunos episodios narrados por Concha presentan discrepancias entre fuentes. La historia de la casa supuestamente embrujada se reproduce como tradición literaria, no como un acontecimiento sobrenatural demostrado.


