Esta es una invitación a conocer la destilería de una austríaca enamorada de la costa de Colchagua, escondida en un cerro con vista al mar.
Fuimos a Matanzas buscando costa y terminamos encontrando una destilería pequeña, empotrada en la ladera de un cerro, con vista al mar. Un “chiche” que funciona con precisión, y con una sola lógica: hacer aguardientes 100% de fruta, sin azúcar, sin saborizantes, sin alcohol añadido.
Nos recibieron Ingrid y Osvaldo Puccio, una pareja dispareja, adorable. Habíamos coordinado la visita por su página web www.drinkschnaps.com . Ella, austriaca y química farmacéutica, meticulosa por naturaleza. Él, chileno, político, con la paciencia y el humor de quien sabe que en este proyecto su rol es acompañar, ayudar y traducir cuando el español de Ingrid se queda corto. Se nota que se entienden en lo esencial: el trabajo bien hecho y la hospitalidad.
La destilería está pensada al detalle. Ingrid eligió el terreno precisamente por su declive: le permitía diseñar una bodega subterránea, práctica y eficiente, donde todo queda a mano. No hay lujo decorativo, sí mucho orden, limpieza y un flujo de trabajo lógico.
Ingrid hace casi todo. La vimos lidiar con el día a día real de la destilación: frutas fermentando, alambiques destilando, decisiones técnicas y también imprevistos. El proceso que nos explicó es totalmente exigente. Primero, fruta bien lavada y molida. Luego fermentación —alrededor de cuatro semanas— con un sistema simple para observar cómo avanza y para manejar el gas carbónico con seguridad.
Después viene lo esencial: una primera destilación, en la cual no separa cabezas de corazones, ni colas. En la segunda destilación sí. Debe separar cuidadosamente lo que no sirve (como el metanol al inicio), y quedarse con “el corazón”, el etanol que arrastra los aromas de la fruta. Todo lento, sin apuro. Y después, el reposo: porque recién con el tiempo el destilado se redondea.
Ahí entendimos por qué este oficio rinde tan poco. Ingrid lo dice sin dramatizar, pero es dramático: de una fruta puedes obtener entre 3% y 10% de destilado.
En la degustación. Ingrid junto a su sobrina Pancha, nos fue guiando por manzanas distintas (Royal Gala, Fuji, Scarlet), membrillo, ciruela… y ahí pasa algo precioso: uno deja de pensar en “licor” y empieza a reconocer fruta de verdad. El membrillo aparece intenso y nítido; la ciruela tiene una nariz que a mí me llevó directo a kuchen; la pera es más suave y redonda. Cada persona termina eligiendo su favorita, y eso también es parte del encanto: no hay una respuesta correcta, solo memoria sensorial.
La visita, además, tiene una gracia poco común: no tiene precio. Puedes ir, probar, conversar, aprender y decidir. Y si te llevas una botella, lo haces con sentido: sabes el trabajo que hay detrás. Los precios que nos mencionaron rondan, en general, los $27.500 (con excepciones según fruta y disponibilidad).
Nos fuimos con la sensación de haber estado en un rincón especial: una bodega subterránea mínima en la costa de Colchagua, donde la técnica se mezcla con tradición europea y fruta chilena.
Para coordinar tu visita a la destilería contáctalos directamente en su sitio web drinkschnaps.com


